Gastronomía y arte Barroco
La comida en el arte Barroco y el Siglo de Oro muestra la abundancia, un símbolo y la lección del tiempo.
El siglo XVII es el gran siglo de la comida en el arte. En ningún otro período de la historia han coincidido tantos pintores extraordinarios dedicando tanta atención, tanto talento técnico y tanta profundidad de pensamiento a representar lo que hay sobre una mesa. Ocurrió en dos lugares al mismo tiempo, de formas distintas y con resultados igualmente magistrales: en la España del Siglo de Oro y en los Países Bajos de la Edad de Oro holandesa.
En España, Velázquez pintó cocinas y tabernas antes de pintar reyes. Zurbarán dispuso limones, naranjas y una rosa en una mesa con la solemnidad de un altar. Murillo retrató a niños comiendo melón con una ternura que sigue desarmando hoy. En los Países Bajos, Jan Davidsz. de Heem amontonó langostas, copas de cristal veneciano, limones pelados en espiral y uvas traídas del Mediterráneo en composiciones de una opulencia casi abrumadora. Y junto a esa opulencia, otrospintores colocaron moscas sobre la fruta madura, velas apagadas junto a los manjares y relojes en los rincones de la mesa para recordar al espectador que todoaquello, por espléndido que fuera, era pasajero.
El bodegón barroco es, al mismo tiempo, una celebración del mundo material y una advertencia sobre él. Esa tensión entre el placer y la conciencia de su fugacidades lo que hace de esta época el capítulo más rico y más complejo de la historia de la comida en el arte.
España: el bodegón del Siglo de Oro
Velázquez: la cocina como dignidad
Diego Rodríguez de Silva y Velázquez tenía poco más de diecisiete años cuando pintó La vieja friendo huevos (1618, National Gallery of Scotland, Edimburgo). Es una de las obras más asombrosas de toda la historia del arte español, no solo por su calidad técnica —la luz sobre la clara del huevo, el reflejo en el almirez de bronce, la textura del barro de los cacharros— sino por lo que representa: una anciana en una cocina, haciendo el trabajo más cotidiano del mundo, tratada con la misma dignidad y la misma atención que un retrato real.
Velázquez pintó varios cuadros de bodegón y de cocina en sus años sevillanos, antes de que Felipe IV lo llamara a Madrid y lo convirtiera en pintor de cámara. Sus bodegones —como se llamaba en España a estas escenas de cocina o taberna con naturaleza muerta en primer plano— muestran una combinación que entoncesera nueva: figuras humanas y alimentos tratados con el mismo nivel de observación directa, sin jerarquías, sin la necesidad de una excusa religiosa o mitológica.
En El aguador de Sevilla (h. 1620, Apsley House, Londres), la gran jarra de barro con gotas de humedad en la superficie es tan protagonista como el anciano quela sostiene. El agua, el vino, el pan: Velázquez los mira con los mismos ojos con que mira a las personas, y eso transforma para siempre el estatus de la comida enla pintura española.
Zurbarán: el bodegón como contemplación
Francisco de Zurbarán pintó muy pocos bodegones puros, pero los que pintó están entre los más memorables de toda la historia del género. Su Bodegón con limones, naranjas y una rosa (1633, Norton Simon Museum, Pasadena) muestra tres grupos de objetos sobre una mesa oscura —un plato con limones, una cesta de naranjas con flores, una taza con una rosa y un vaso de agua— dispuestos con una precisión y una solemnidad que no tienen equivalente en la pintura europeade su tiempo.
La luz cae sobre esos objetos humildes como si cayera sobre algo sagrado. Y es que para Zurbarán, pintor profundamente religioso que pasó gran parte de sucarrera trabajando para monasterios y conventos, quizás no había diferencia entre lo sagrado y lo cotidiano. Cada objeto bien observado era una manifestación de la creación divina. Esa actitud contemplativa ante la comida más ordinaria es la gran lección espiritual del bodegón español, y Zurbarán es su expresión más pura.
Los investigadores han señalado que las frutas del bodegón de Zurbarán no son inocentes: los limones pueden simbolizar la amargura, las naranjas la pureza mariana, la rosa la Virgen misma. Pero más allá del simbolismo, lo que impresiona es la presencia física de esos objetos, su peso, su silencio, su luz.
Murillo: la alegría de comer
Bartolomé Esteban Murillo aportó al bodegón español algo que ni Velázquez ni Zurbarán —más contemplativos, más severos— habían dado: la alegría directa y descomplicada del placer de comer. Sus cuadros de niños comiendo —Niños comiendo uvas y melón (h. 1650, Alte Pinakothek, Múnich), El pequeño mendigo (h. 1650, Museo del Louvre)— representan a criaturas de la calle sevillana devorando fruta con una concentración y un deleite que son puramente físicos, sin simbolismo aparente, sin lección moral.
Esos niños son pobres. La fruta que comen es lo único que tienen. Y sin embargo Murillo los pinta con una luz dorada y una ternura que convierte la escena en algo que está más cerca del gozo que de la miseria. Es una mirada sobre la comida como placer elemental, accesible incluso —o sobre todo— a quien menos tiene, queno tiene precedentes en la pintura española y que anticipa la sensibilidad del siglo siguiente.
Juan van der Hamen: el bodegón de corte
Entre los bodegonistas españoles del Siglo de Oro hay un nombre que a menudo queda en la sombra de Velázquez y Zurbarán pero que merece atención: Juan van der Hamen y León, hijo de un noble flamenco afincado en Madrid. Sus bodegones —a menudo con dulces, conservas, cajas de mazapán, copas de cristal y cestas de fruta dispuestas sobre repisas escalonadas— representan la versión cortesana y refinada del género, a diferencia de la sobriedad monástica de Zurbarán o la mirada de taberna de Velázquez.
Van der Hamen fue uno de los pintores favoritos de la nobleza madrileña del primer tercio del siglo XVII, y sus bodegones muestran los productos de lujo quecirculaban por la corte de Felipe IV: los dulces elaborados, los vidrios importados, las frutas exóticas. Son un documento social tanto como artístico.
Los Países Bajos: la Edad de Oro del bodegón
Mientras el bodegón español desarrollaba su carácter austero y contemplativo, en los Países Bajos el género tomaba un camino radicalmente distinto. La prosperidad comercial de las Provincias Unidas en el siglo XVII —el comercio con Asia, África y América llenaba los puertos de Ámsterdam y Róterdam de productos exóticos— se tradujo en un arte que celebraba esa abundancia con una exuberancia sin límites.
El ontbijtje y el desayuno holandés
Los primeros bodegones holandeses del siglo XVII fueron los llamados ontbijtjes —literalmente "desayunos"—: composiciones sobrias con pan, queso, arenque, una copa de vino y quizás un limón a medio pelar, todo sobre una mesa con mantel blanco. Pieter Claesz y Willem Claesz. Heda fueron los maestros de este génerocontenido, en el que la paleta es casi monocroma y la atención recae en la textura de los objetos: el reflejo de la luz en el cristal, la rugosidad del pan, la superficiemate del estaño.
Hay en estos desayunos holandeses una modestia que parece un eco de la ética protestante: no es el banquete del aristócrata sino la mesa del comerciantepróspero, organizada con orden y limpieza. Pero incluso en esa sobriedad hay una atención al placer sensorial —la copa de vino blanco, el limón recién cortado— que desmiente cualquier austeridad excesiva.
El pronkstilleven: la opulencia como género
A medida que avanza el siglo, el bodegón holandés se va haciendo más grande, más cargado y más ostentoso. El pronkstilleven —literalmente "naturaleza muertade ostentación"— acumula sobre la mesa los productos más exóticos y caros que el comercio global podía ofrecer: langostas traídas del Atlántico norte, limones y naranjas del Mediterráneo, copas de cristal de Venecia, porcelana de China, tapetes de Turquía, piñas de las Antillas, vinos de España y Francia.
Jan Davidsz. de Heem es el gran maestro de este género. Sus composiciones, construidas con una arquitectura de luces y sombras de tradición caravaggiesca, son al mismo tiempo una demostración técnica extraordinaria —cada textura, cada reflejo, cada pétalo de flor pintado con una precisión que desafía la credulidad— y un mapa del mundo comercial del siglo XVII. Lo que hay sobre esas mesas no es solo comida: es la historia de los intercambios globales que hicieron posible la prosperidad holandesa.
El vanitas: la abundancia y la muerte
Pero el bodegón barroco no era solo celebración. Una corriente profunda de melancolía recorre el género, especialmente en sus manifestaciones más reflexivas. El vanitas —término tomado del Libro del Eclesiastés: "Vanidad de vanidades, todo es vanidad"— es un tipo de naturaleza muerta en la que la abundancia y el lujocoexisten con símbolos explícitos de la fugacidad de la vida: una calavera, un reloj de arena, una vela apagada, una flor marchita, una copa volcada, una frutacomenzando a pudrirse.
El mensaje es tan claro como perturbador: todo lo que ves sobre esta mesa —la langosta, el vino, el cristal, los frutos exóticos— desaparecerá. Tú también desaparecerás. La misma destreza técnica que hace que esos objetos parezcan casi reales sirve para recordar que no lo son, que son materia perecedera, que la vidaes breve.
Pieter Claesz, con su Vanitas con violín y bola de cristal, y Harmen Steenwijck con su Alegoría de las vanidades de la vida humana, son dos de los más elocuentescultivadores de este género en el que la comida se convierte en meditación filosófica sobre la muerte.
Italia y Francia: Caravaggio y Chardin en el horizonte
El Barroco no fue solo español y holandés. En Italia, Caravaggio —el pintor que revolucionó el uso de la luz y la sombra en toda Europa— pintó uno de losbodegones más famosos de la historia: la Cesta de frutas (h. 1599, Pinacoteca Ambrosiana, Milán). Es una composición de una simplicidad radical: una cesta de mimbre con manzanas, uvas, higos y hojas sobre un fondo liso. Pero la fruta no es perfecta: hay hojas comidas por insectos, manzanas con manchas, uvas pasadas. Caravaggio mira la comida con la misma honestidad descarnada con que mira a sus figuras: sin idealización, con toda su belleza imperfecta.
En Francia, la tradición del bodegón barroco llevará en el siglo siguiente al extraordinario Jean-Baptiste-Siméon Chardin, cuya sobriedad y profundidad sitúan suobra a medio camino entre el espíritu contemplativo del bodegón español y la atención sensorial del holandés. Pero ese es ya el capítulo del siglo XVIII.
Lo que el Barroco dice sobre la comida
El bodegón barroco —español, holandés, italiano, flamenco— es el momento en que la comida se convierte definitivamente en tema central del arte occidental, sin excusas religiosas ni mitológicas. Y lo que dice sobre la comida es complejo y a veces contradictorio.
Dice que la comida es placer, destreza y celebración. Que la mesa bien puesta es un logro humano que merece ser representado con todo el talento disponible. Quelos alimentos ordinarios —un membrillo, un huevo frito, un trozo de pan— son tan dignos de atención como un rey o una virgen.
Y dice también que toda esa abundancia es provisional. Que la mosca sobre la ciruela y la vela apagada junto al vino son recordatorios necesarios. Que comer bien es uno de los grandes placeres de la vida precisamente porque la vida es corta.
Pocas lecciones del arte son tan directamente gastronómicas, y tan sabias.
Obras de referencia
- Diego Velázquez, La vieja friendo huevos (1618) — National Gallery of Scotland, Edimburgo
- Diego Velázquez, El aguador de Sevilla (h. 1620) — Apsley House, Londres
- Francisco de Zurbarán, Bodegón con limones, naranjas y una rosa (1633) — Norton Simon Museum, Pasadena
- Bartolomé Esteban Murillo, Niños comiendo uvas y melón (h. 1650) — Alte Pinakothek, Múnich
- Juan van der Hamen y León, Bodegón con dulces y cajas de mazapán (h. 1622) — Museo del Prado, Madrid
- Jan Davidsz. de Heem, Naturaleza muerta con copa de langosta y frutas (h. 1648) — Kunsthistorisches Museum, Viena
- Pieter Claesz, Vanitas con violín y bola de cristal (1628) — Germanisches Nationalmuseum, Núremberg
- Willem Claesz. Heda, Bodegón con pastel de moras y jamón (1631) — Gemäldegalerie, Berlín
- Caravaggio, Cesta de frutas (h. 1599) — Pinacoteca Ambrosiana, Milán