El hambre en la literatura

Si el banquete retrata la abundancia, el plato vacío retrata casi todo lo demás.

El hambre ha movido algunas de las mejores páginas que se han escrito nunca.

La mesa de los clásicos muestra la comida como signo de civilización, poder y generosidad. Pero la literatura aprendió enseguida que el hambre dice todavía más: revela quién manda y quién obedece, hasta dónde llega la dignidad de una persona y de qué es capaz un cuerpo cuando le falta el pan. No es casualidad que toda una corriente de la mejor literatura española naciera, precisamente, de un estómago vacío.

El hambre, motor de la picaresca

En 1554 apareció en España un libro pequeño y revolucionario, el Lazarillo de Tormes. Su protagonista no es un héroe ni un caballero, sino un niño pobre que sirve a una sucesión de amos a cuál más mezquino, y cuyo único objetivo, página tras página, es no morirse de hambre. El motor del relato no es el amor ni la aventura: es comer. Lázaro idea trucos para robarle pan al ciego avariento que lo guía, perfora con una llave el arcón donde el clérigo de Maqueda guarda los bollos bajo llave, y aprende que en este mundo el que no engaña, ayuna.

¿Qué es la novela picaresca? Es un género nacido en la España del siglo XVI y protagonizado por un «pícaro»: un muchacho de origen humilde que sobrevive a base de astucia, sirviendo a distintos amos y burlando a todos. El hambre es su tema central y casi su única ley. Del Lazarillo arrancan el Guzmán de Alfarache de Mateo Alemán y El Buscón de Quevedo, y de ahí, siglos después, media literatura europea de pobres y supervivientes.

El dómine Cabra: pasar hambre con gracia

Nadie llevó el hambre tan lejos, ni con tanta crueldad cómica, como Francisco de Quevedo en El Buscón (1626). En el pupilaje del licenciado Cabra, un clérigo tacaño hasta lo enfermizo, los estudiantes se mueren literalmente de inanición. Cabra era, escribe Quevedo, «un clérigo cerbatana», tan flaco que parecía un alambre; servía un caldo tan claro que en él se reflejaban las caras de los comensales, y racionaba la comida con una avaricia que hoy seguiríamos llamando criminal si no diera tanta risa. Es una de las cumbres del humor negro en castellano: el hambre convertida en espectáculo grotesco, porque a veces no hay otra forma de soportar el espanto que reírse de él.

Pasar hambre por no perder la honra

El Lazarillo esconde, además, una de las ideas más punzantes de toda nuestra literatura. Uno de los amos de Lázaro es un escudero, un hidalgo venido a menos que no tiene absolutamente nada que llevarse a la boca, pero que sale cada mañana a la calle con la barriga vacía, mondándose los dientes con un palillo para fingir que ha comido como un señor. Prefiere desfallecer de hambre antes que rebajarse a trabajar, porque trabajar mancharía su honra. En ese personaje, el libro retrató para siempre una España obsesionada con las apariencias, capaz de morir de inanición con tal de no parecer pobre. Pocas críticas sociales han sido tan certeras, y se hicieron con un estómago vacío por argumento.

Del asilo de Dickens a la posguerra española

El hambre cruzó fronteras y siglos. En la Inglaterra industrial, Charles Dickens convirtió el hambre de los pobres en denuncia. La escena más célebre de Oliver Twist (1838) es la del niño del hospicio que, tras una ración miserable de gachas, se atreve a acercarse con el cuenco vacío y pedir: «Por favor, señor, quiero un poco más». Aquella frase, que escandaliza a sus guardianes, resume toda la indignación de Dickens ante una sociedad que dejaba pasar hambre a sus niños mientras predicaba la caridad.

España conoció su propia literatura del hambre, y muy cerca en el tiempo. En las novelas de la posguerra, el hambre vuelve a ser protagonista, ya no como recurso cómico sino como herida abierta: el Madrid gris y famélico que retrata Camilo José Cela en La colmena, o la Barcelona de escaseces y cenas tristes que vive la joven protagonista de Nada, de Carmen Laforet. Aquí el hambre ya no se cuenta riendo; se cuenta para que no se olvide.

El hambre como obsesión: Hamsun y el artista del hambre

La literatura moderna dio al hambre un último giro, hacia dentro. En Hambre (1890), el noruego Knut Hamsun mete al lector en la cabeza de un escritor que se muere de inanición en una ciudad indiferente: ya no importa tanto el pan que falta como lo que el hambre le hace a la mente, las alucinaciones, el orgullo absurdo, la lucidez febril. Y Franz Kafka cerró el círculo con un relato desconcertante, Un artista del hambre (1922), donde un hombre ayuna como número de feria, encerrado en una jaula, mientras el público lo admira y luego lo olvida. Ahí el hambre deja de ser una desgracia para volverse símbolo: del artista incomprendido, del cuerpo como espectáculo, del que no encuentra en el mundo ningún alimento que le apetezca.

De Lázaro robando pan a un ciego al ayunador de Kafka, el hambre ha sido uno de los grandes motores de la literatura porque toca lo más elemental que somos: cuerpos que necesitan comer. Por eso conmueve, denuncia y, a veces, hace reír. Y por eso conviene recordar que detrás de cada una de estas páginas hubo, y sigue habiendo, hambre de verdad: esa es la otra cara de esta historia, la que contamos en el artículo dedicado al hambre dentro de la historia de lo que comemos. En la siguiente parada de esta serie volvemos a la mesa puesta, pero a una muy distinta: la del siglo XIX, la de la novela burguesa y la magdalena de Proust.