La mesa de los clásicos

En cuanto la literatura empezó a contar historias, puso a sus personajes a comer.

La mesa es uno de los escenarios más antiguos de todos los que existen.

Hemos visto los libros que tratan la cocina de frente: el recetario y el ensayo gastronómico. Pero hay otra forma, mucho más antigua, en que la comida vive en los libros: la de las grandes obras que no van sobre gastronomía y, sin embargo, no se entienden sin ella. Desde la primera epopeya conservada hasta el Siglo de Oro español, comer y beber sirven para mostrar quién es civilizado y quién no, quién es generoso, quién poderoso y quién un farsante. Esta es la mesa de los clásicos.

El pan y la cerveza que nos hicieron humanos

La literatura más antigua que se conserva ya sabía que comer nos define. En el Poema de Gilgamesh, escrito en Mesopotamia hace unos cuatro mil años, el salvaje Enkidu vive con las bestias hasta que una mujer lo lleva entre los hombres. ¿Y cómo se vuelve humano? Comiendo. Le ponen delante pan y cerveza, que no conoce; tras dudar, come pan hasta saciarse y bebe siete jarras, se lava, se unge con aceite y «se convirtió en un hombre». No es un detalle menor: para aquella cultura, lo que separaba a la persona del animal no era el lenguaje ni el fuego, sino sentarse a comer pan cocido y beber cerveza fermentada. La cocina, ya entonces, era sinónimo de civilización.

La hospitalidad de Homero

En los poemas de Homero, comer es casi un acto sagrado. En la Odisea y la Ilíada, los héroes asan bueyes, escancian vino y, sobre todo, alimentan al que llega. La hospitalidad griega imponía dar de comer al forastero antes incluso de preguntarle su nombre: negar el pan era ofender a los dioses. Por eso resulta tan monstruoso el cíclope Polifemo, que en lugar de agasajar a sus huéspedes se los come; invierte la regla más sagrada de la mesa y se convierte, así, en la imagen misma de lo bárbaro. Y por eso conmueve tanto el regreso de Ulises: la casa que debe recuperar es, antes que nada, una mesa de la que otros se han adueñado.

De Platón a Trimalción: el banquete como retrato

Los antiguos hicieron del banquete un género en sí mismo. La obra más famosa de Platón se titula precisamente El banquete: un symposion —literalmente, «beber juntos»— en el que, terminada la cena, los comensales beben vino y discurren sobre el amor. Ahí la comida es el marco; lo que importa es que la mesa se convierte en el lugar donde se piensa y se conversa, una idea que aún hoy nos resulta entrañable.

Roma le dio la vuelta y convirtió el banquete en sátira. En el Satiricón de Petronio, la cena de Trimalción retrata a un liberto enriquecido que abruma a sus invitados con platos disparatados: una liebre disfrazada de Pegaso, un jabalí relleno de tordos vivos, manjares que fingen ser otra cosa. Es la primera gran burla literaria del nuevo rico que confunde lujo con buen gusto, y sigue siendo desternillante veinte siglos después. Comer en exceso, ya lo sabían los romanos, dice tanto de alguien como pasar hambre.

Pan, vino y un plato de lentejas: la comida en la Biblia

Pocos libros han dejado en nuestra forma de comer una huella tan honda como la Biblia, y casi siempre a través de la comida. El maná que cae del cielo, la tierra que «mana leche y miel», el becerro cebado que se sacrifica para celebrar el regreso del hijo pródigo, las bodas de Caná donde el agua se vuelve vino, los panes y los peces que se multiplican: todo el relato está cosido con escenas de mesa. Hay incluso un plato que cambia la historia, las lentejas por las que Esaú vende su primogenitura, prueba de que un guiso, en el momento justo, puede valer un reino. Y por encima de todas, la última cena, donde el pan y el vino se cargan de un sentido que Occidente no ha dejado de repetir desde entonces.

Carnaval contra Cuaresma: la mesa medieval

La Edad Media española dejó una de las páginas más divertidas que se han escrito sobre comida. En el Libro de buen amor, el Arcipreste de Hita narra hacia 1330 la batalla campal entre don Carnal y doña Cuaresma: de un lado, los ejércitos de la carne, el tocino y las gallinas; del otro, las huestes del pescado, las legumbres y el ayuno. Es una alegoría del calendario —el desenfreno del carnaval frente a la abstinencia cuaresmal— contada como una guerra de fogones. Un siglo y medio después, La Celestina volvería a sentar a sus criados a comer y, sobre todo, a beber: la vieja alcahueta confiesa sin pudor su devoción por el buen vino, y esas escenas de despensa y bodega dicen de los personajes más que muchos parlamentos.

Duelos y quebrantos: la mesa del Siglo de Oro

Y llegamos al clásico de los clásicos. El Quijote empieza, literalmente, por lo que come su protagonista: «una olla de algo más vaca que carnero», «duelos y quebrantos los sábados», lentejas los viernes y «algún palomino de añadidura los domingos». En una sola frase, Cervantes nos dice que el hidalgo es pobre pero hidalgo, y lo hace a través del plato. La comida recorre toda la novela: el apetito sensato de Sancho frente a las ensoñaciones de su amo, y sobre todo las célebres bodas de Camacho, un festín tan desmesurado —bueyes enteros asados, quesos apilados como muros, un caldero donde cabían medios cerdos— que se ha vuelto sinónimo de banquete fastuoso.

¿Qué eran los «duelos y quebrantos»? El plato que el hidalgo comía los sábados era, casi con seguridad, huevos revueltos con torreznos y, a veces, sesos o chorizo. Se comían en sábado porque una vieja dispensa permitía a los castellanos tomar ciertos despojos y grasas ese día. El nombre, melancólico y socarrón a la vez, sigue dando que hablar a los estudiosos: hay quien ve en él el «duelo» por el animal sacrificado y quien lo toma por pura broma cervantina.

De Gilgamesh a Cervantes, los clásicos usan la mesa para lo mismo: para mostrar la abundancia, la generosidad, el poder y la cultura. Pero la literatura sabe que la comida tiene otra cara, la del plato que falta. Esa es la historia del hambre, y de cómo el estómago vacío movió algunas de las mejores páginas jamás escritas, que contaremos en la siguiente parada de esta serie.