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Los cítricos de la antiguedad

Del etrog bíblico a los mosaicos romanos

Antes de que la naranja dulce llegara a Europa, antes de que el limón aromatizara las cocinas medievales, antes de que los barcos portugueses llevaran cítricos a América, hubo una familia de frutas que ya desempeñaba un papel central en la vida religiosa, ceremonial y medicinal del mundo antiguo. No eran las frutas jugosas y aromáticas que hoy asociamos con los cítricos — eran más amargas, más secas, más difíciles de comer. Pero precisamente por eso, por su rareza y su intensidad, se convirtieron en símbolos.

La cidra: el primer cítrico de Occidente

De todas las frutas cítricas, la cidra — Citrus medica — fue la primera en llegar al Mediterráneo occidental. A diferencia de la naranja o el limón, la cidra no es especialmente jugosa ni fácil de comer directamente. Su pulpa es seca y escasa, y está rodeada por una corteza blanca y gruesa que puede representar la mayor parte del volumen de la fruta. Lo que la cidra tiene en abundancia es aroma: sus aceites esenciales son extraordinariamente intensos, y una sola fruta puede perfumar una habitación durante días.

Esa cualidad aromática fue probablemente lo que atrajo primero la atención de los pueblos del mundo antiguo. La cidra viajó desde el sur de Asia hacia Persia y el Levante en algún momento del primer milenio a.C., posiblemente a través de las rutas comerciales que conectaban la India con el mundo persa. El general griego Jenofonte la menciona en el siglo IV a.C., describiendo una fruta que se cultivaba en Persia y que los persas usaban para perfumar la ropa y los espacios interiores.

Los romanos la conocieron a través de sus contactos con el mundo helenístico y oriental. Virgilio la menciona en las Geórgicas. El naturalista Plinio el Viejo le dedica un capítulo en su Historia Natural, describiendo sus propiedades medicinales — como antídoto contra los venenos, remedio para el mareo y tratamiento para problemas intestinales — con más detalle que sus cualidades gastronómicas. En Roma, la cidra era una fruta de botica más que de mesa.

El etrog: la fruta de la perfección

De todos los usos que los pueblos antiguos dieron a la cidra, ninguno es tan fascinante ni tan vivo hoy como el del etrog en la tradición judía.

El etrog es una variedad de cidra de corteza rugosa y color amarillo dorado que el judaísmo incorporó a la celebración de Sucot, la Fiesta de los Tabernáculos, una de las tres festividades de peregrinación del calendario hebreo. La base textual está en el Levítico: «tomarás el primer día el fruto de árboles hermosos». Los sabios del Talmud identificaron ese peri etz hadar — fruto del árbol hermoso — con el etrog, y desde al menos el siglo II a.C. esta fruta forma parte inseparable de la celebración.

Lo que hace al etrog único en la historia de los cítricos no es solo su función religiosa sino las exigencias de perfección que esa función impone. Para ser válido en la ceremonia de Sucot, el etrog debe ser kosher en un sentido muy literal: sin manchas, sin arañazos, sin protuberancias irregulares, con el pitom — el pequeño apéndice floral en el extremo opuesto al pedúnculo — intacto. Una fruta con una sola imperfección visible puede ser declarada no apta para el ritual.

Esto convierte el cultivo del etrog en una práctica de una exigencia extraordinaria. Los agricultores que se dedican a producir etrogim para uso ceremonial trabajan con una atención al detalle que recuerda más a la joyería que a la agricultura: protegen cada fruta individualmente durante el crecimiento, eliminan con cuidado las espinas y hojas cercanas para evitar arañazos, controlan el polvo y la humedad que podrían crear manchas en la corteza. Un etrog perfectamente kosher puede alcanzar precios considerables en los mercados que se establecen en las comunidades judías de todo el mundo en los días previos a la festividad.

Los judíos conocieron el etrog durante el exilio en Babilonia, en el siglo VI a.C., y lo llevaron de vuelta a la tierra de Israel. Desde allí, con la diáspora, viajó a todas las comunidades judías del mundo mediterráneo. Hoy se cultivan etrogim con fines ceremoniales en Israel, en la región de Calabria en Italia — donde la variedad diamante tiene una historia documentada de siglos — y en California, entre otros lugares.

Los cítricos en los textos y los mosaicos romanos

Roma conoció los cítricos principalmente a través de la cidra, pero con el tiempo el abanico se fue ampliando. Los mosaicos son una fuente de información valiosa: uno hallado en los restos de una villa romana cerca de Tusculum muestra representaciones que los botánicos identifican como limones y limas — lo que sugiere que al menos estas frutas se conocían y cultivaban en Italia ya en los primeros siglos de nuestra era.

Un mosaico encargado por Constantino el Grande alrededor del año 310 d.C. representa naranjas con suficiente detalle botánico para ser reconocibles. No es una prueba de consumo masivo — las naranjas seguían siendo raras y caras en Roma — pero sí de que ya formaban parte del paisaje visual y cultural de las clases altas romanas.

El médico griego Dioscórides, que ejerció en Roma en el siglo I d.C., incluye la cidra en su De materia medica — la enciclopedia de botánica médica más influyente de la antigüedad — describiendo sus usos terapéuticos con detalle. La cidra aparece como antídoto contra los venenos, remedio para las náuseas y tratamiento para las afecciones de garganta. La medicina antigua valoraba los cítricos principalmente por sus cualidades medicinales, no gastronómicas.

El papeda: el cítrico más primitivo

Hay un grupo de cítricos que los botánicos consideran los más primitivos de la familia — los más cercanos a las especies originales de las que todos los demás descienden — y que apenas aparece en las historias habituales de los cítricos: el subgénero papeda.

Las papedas incluyen frutas como el yuzu japonés, la lima makrut del sudeste asiático, el sudachi y el ichang lemon. Son cítricos de crecimiento lento, a menudo espinosos, con frutos que van del tamaño de una canica al de una naranja pequeña. Su sabor es intensamente aromático pero a menudo demasiado amargo o ácido para comer directamente — lo que explica que no aparezcan en los textos históricos occidentales con la misma frecuencia que la cidra o el limón.

La lima makrut merece mención especial. Sus hojas — con esa forma característica de doble hoja unida por el pecíolo — son uno de los ingredientes más aromáticos de la cocina del sudeste asiático: esenciales en el tom yum tailandés, en los currys thai y en múltiples preparaciones indonesias y camboyanas. La fruta en sí, muy ácida y con poca pulpa, se usa principalmente para su zumo y su ralladura. Es un cítrico que los europeos apenas conocían hasta hace pocas décadas y que hoy aparece en las cocinas de todo el mundo gracias al interés creciente por la gastronomía asiática.

El nombre lima kaffir, con el que esta fruta se conoció durante mucho tiempo en el mercado occidental, ha sido reemplazado por lima makrut — su nombre en tailandés — al reconocerse que el término anterior resultaba ofensivo en el contexto sudafricano, donde kaffir es un insulto racista de larga historia.

De lo sagrado a lo cotidiano

Lo que une a todos estos cítricos antiguos — la cidra, el etrog, las papedas — es que llegaron al mundo occidental mucho antes de que los cítricos se convirtieran en alimentos cotidianos, y lo hicieron no a través de la cocina sino a través de la religión, la medicina y el simbolismo.

El etrog sigue siendo hoy una de las pocas frutas del mundo cuya historia religiosa y ceremonial está tan viva como hace dos mil años. La cidra sobrevive en confituras, licores y ralladura que siguen apareciendo en la repostería mediterránea. La lima makrut, que probablemente se cultivaba en los jardines del sudeste asiático mucho antes de que Roma existiera, ha encontrado en el siglo XXI una nueva audiencia global.

Los cítricos que hoy pueblan los mercados — naranjas, limones, mandarinas — son los descendientes cultivados y mejorados de estas frutas antiguas. Conocer a los ancestros dice mucho sobre lo que los seres humanos buscaban en ellas: no solo sabor sino significado, no solo nutrición sino belleza, no solo alimento sino conexión con algo más grande.

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