Pasar al contenido principal

Refranes

Pocos terrenos del habla popular están tan poblados de comida y bebida como el refranero español. Durante siglos, generaciones de campesinos, panaderos, vinateros, cocineras y viajeros fueron destilando su experiencia diaria en frases breves, rimadas y memorables, fáciles de transmitir de boca en boca. Muchas de esas frases tienen como protagonista al pan, al vino, al aceite, a la sal o al hambre: los cimientos materiales de la vida cotidiana, y por tanto, los símbolos más naturales de la sabiduría compartida.

Los refranes gastronómicos no son solo consejos sobre el comer. Bajo la imagen de una mesa, un caldero o una hogaza, se esconden enseñanzas sobre la prudencia, la amistad, la pobreza, el trabajo, la paciencia o el paso del tiempo. Algunos describen costumbres concretas, como cuándo matar el cerdo o cuándo está mejor el besugo; otros funcionan como pequeños tratados morales en miniatura. Junto a ellos conviven los refranes del santoral, que vinculan el calendario litúrgico con las labores del campo y de la despensa, fijando en la memoria colectiva el ritmo natural de las estaciones.

En esta recopilación reunimos los refranes españoles más representativos relacionados con la comida y la bebida, agrupados por tema y acompañados de una breve explicación que aclara su sentido literal, su significado figurado y, cuando procede, su contexto histórico o cultural. Algunos siguen plenamente vigentes; otros han envejecido y resultan curiosos o incluso discutibles desde la sensibilidad actual, pero forman parte del mismo patrimonio.

El pan, alimento esencial

El pan ha sido durante siglos el alimento más cotidiano y, a la vez, el más cargado de significado simbólico en la cultura española. No es casualidad que aparezca en tantos refranes: representa la subsistencia, lo básico, lo que no debe faltar nunca en una mesa. De ahí que muchas frases lo utilicen como medida de lo necesario, de lo justo o de lo verdadero.

A buen hambre no hay pan duro. Cuando se tiene mucha hambre, no se repara en si el pan es del día o lleva varios. Es una manera de decir que la necesidad allana las exigencias y que las preferencias son un lujo de quien está saciado.

A falta de pan, buenas son tortas. Cuando no se tiene lo que se desea, hay que conformarse con lo que se tiene. La torta, más sencilla y casera, sustituye al pan cuando este escasea.

A falta de pan, tortillas. Variante de la anterior, también en clave de conformidad ante la escasez.

Al pan, pan y al vino, vino. Llamar a las cosas por su nombre, hablar con claridad y sin rodeos. Es uno de los refranes españoles más conocidos, citado a menudo como elogio de la sinceridad.

Con pan y vino se anda el camino. Con lo esencial cubierto se puede afrontar cualquier viaje o tarea. El refrán resume la idea de que el alimento básico es también combustible para el cuerpo y para el ánimo.

Contigo, pan y cebolla. Se dice como muestra de amor incondicional: con la persona amada, basta con lo más humilde para ser feliz. Es una de las frases más citadas en contextos sentimentales.

De la mano a la boca se pierde la sopa. En el trayecto más corto puede ocurrir un imprevisto. Advierte contra dar por hecho cualquier resultado antes de tenerlo en la boca, literalmente.

Los duelos, con pan son menos. Las penas se sobrellevan mejor cuando no falta lo esencial. El pan, símbolo de sustento, alivia incluso el dolor.

No es lo mismo predicar que dar trigo. Una cosa es hablar de la generosidad o de las buenas obras, y otra muy distinta practicarlas. El trigo, materia prima del pan, representa aquí el gesto concreto frente a la palabra hueca.

No solo de pan vive el hombre. El ser humano necesita también alimento espiritual, cultural o afectivo, más allá de lo material. De origen bíblico (Deuteronomio y luego los Evangelios), pasó al refranero como una de las máximas más universales.

Pan con pan, comida de tontos. Comer dos veces lo mismo, o juntar dos cosas iguales, resulta soso y poco juicioso. Se usa también en sentido figurado para criticar combinaciones poco imaginativas.

Sin harina, todo es mohína. Cuando falta lo esencial en una casa, abunda el malhumor. La mohína, voz hoy poco usada, designa el enfado o la tristeza.

El pan como medida de las cosas

En la España rural de hace cien o doscientos años, el pan era literalmente lo que se medía cada día: lo que entraba en la casa, lo que se compartía con el vecino, lo que se daba al pobre que llamaba a la puerta. Una mesa sin pan era una mesa pobre, y una despensa con pan era una despensa con esperanza. De ahí que el refranero lo convirtiera en patrón universal: cuando se dice "con pan y vino se anda el camino", no se elogian dos alimentos cualesquiera, sino los dos pilares simbólicos de la subsistencia mediterránea.

El hambre y la necesidad

Si el pan representa lo que se tiene, el hambre representa lo que falta. Y pocas experiencias han marcado tanto la cultura popular española como el hambre, recurrente durante siglos en épocas de malas cosechas, guerras o postguerras. El refranero la ha tratado con una mezcla curiosa de respeto y de humor: como maestra, como consejera peligrosa, como excusa o como motor del ingenio. En estos refranes el hambre no es solo carencia física, sino también una fuerza que moldea el carácter y las decisiones humanas.

El hambre aguza el ingenio. La necesidad obliga a inventar, a buscar soluciones y a sacar partido de lo poco que se tiene. Es uno de los elogios populares más conocidos a la creatividad nacida de la carencia.

El hambre es la mejor salsa. Cualquier comida sabe bien si se llega a ella con apetito. La frase celebra el hambre como el mejor aderezo posible, mejor que cualquier condimento.

El hambre es mala consejera. En contrapunto al refrán anterior, advierte de que las decisiones tomadas bajo el apremio de la necesidad suelen ser precipitadas o equivocadas.

El comer y el rascar, todo es empezar. Una vez que se empieza a comer (o a rascarse), cuesta parar. Se aplica también a cualquier actividad placentera o adictiva que solo necesita un primer impulso.

Días de mucho, vísperas de nada. A los tiempos de abundancia suelen seguir los de escasez. El refrán recoge una verdad económica antigua, ligada a las cosechas y a la imprevisión.

Donde hay olla, sobra otra cosa. Donde hay comida abundante en el puchero, no faltan tampoco otras cosas: invitados, amistades, alegría. La olla, símbolo del guiso casero, representa aquí la prosperidad familiar.

Barriga llena, corazón contento. El bienestar empieza por la satisfacción de las necesidades básicas. Es uno de los refranes más extendidos en todo el mundo hispánico, con variantes idénticas en muchas culturas.

A nadie le amarga un dulce. Cualquier persona acepta de buen grado algo agradable, por pequeño que sea. Se usa con frecuencia ante un regalo, un cumplido o una atención inesperada.

Harto de carne, el diablo se hace cura. Cuando alguien se cansa de los excesos o de la mala vida, busca refugio en lo virtuoso. El refrán mira con ironía las conversiones tardías, hijas del hartazgo más que de la convicción.

De grandes cenas están las sepulturas llenas. Los excesos en la mesa pasan factura a la salud. Es un refrán de sabor moralizante y origen probablemente medieval, cuando los banquetes desmedidos eran símbolo de pecado capital.

Más vale comer poco y digerir, que comer mucho y no vivir. Variación del anterior, en clave de consejo práctico: la moderación alarga la vida.

Tripas llevan piernas, que no piernas tripas. Hay que comer antes de emprender un esfuerzo: son las tripas llenas las que sostienen a las piernas, no al revés. Refrán de raíz campesina y caminera, asociado a la dura vida del trabajador rural.

El muerto al hoyo y el vivo al bollo. Tras la muerte de alguien, la vida sigue para los que quedan, que vuelven pronto a sus quehaceres y a su comida. Se cita a menudo en contextos de duelo, con cierto desencanto.

Comer sin trabajar no se debiera permitir. Quien no contribuye con su esfuerzo no merece compartir el alimento. Refrán de tono moralizante, ligado al valor tradicional del trabajo como justificación del sustento.

El hambre en la memoria colectiva

Buena parte del refranero gastronómico español se forjó en sociedades agrarias donde el hambre no era una abstracción, sino una posibilidad real cada año. Las malas cosechas, las plagas o las guerras podían vaciar despensas enteras durante meses, y la memoria de esos periodos quedó grabada en frases breves que aún hoy se repiten sin pensar en su origen. Cuando se dice "días de mucho, vísperas de nada", se está recordando, sin saberlo, la lógica de la economía de subsistencia: la abundancia era un paréntesis y la escasez, la norma. Esa conciencia explica también por qué tantos refranes alaban la moderación, el ahorro y el aprovechamiento de todo, hasta del pan duro.

El vino y la bebida

Junto al pan, el vino es el otro gran protagonista del refranero gastronómico español. Compañero de la mesa, símbolo de hospitalidad, remedio popular contra el frío o la tristeza, también objeto de advertencias sobre el exceso: el vino aparece en las frases populares con una mezcla de afecto y de cautela. Algunos refranes lo emparejan con el pan como pilar de la subsistencia; otros lo asocian a la salud, al carácter o a las virtudes del envejecimiento. En todos late una larga tradición vitivinícola que ha hecho del vino una presencia familiar en la cultura cotidiana.

Al pan, pan y al vino, vino. Llamar a las cosas por su nombre, sin disimulos ni eufemismos. Ya apareció entre los refranes del pan, pero pertenece por igual a esta sección: pan y vino son, en el imaginario popular, las dos verdades más básicas de la mesa.

Con pan y vino se anda el camino. Con lo esencial cubierto se afronta cualquier viaje. El vino se asocia aquí no al placer sino al sustento, como aporte calórico y reconfortante del caminante.

El vino, de Jerez; y el queso, de Burgos. Cada producto tiene su lugar de procedencia ideal. El refrán recoge una sabiduría temprana sobre las denominaciones de origen, fijando en la memoria popular los territorios reconocidos por la calidad de cada alimento.

Después del vino, el agua al pollino. Tras beber vino conviene reservar el agua para las bestias, no mezclarla con el vino ya tomado. Refleja una vieja creencia sobre la digestión y la conveniencia de no diluir el vino una vez ingerido.

Quien bebe vino y come ajo, no necesita médico ni cirujano. Alabanza popular de dos productos considerados saludables y casi medicinales. Une dos pilares de la dieta mediterránea tradicional, con la convicción ancestral de que ambos prolongaban la vida.

Agua fría y pan caliente, nunca hicieron buen vientre. Advierte contra una combinación considerada perjudicial para la digestión, según la sabiduría popular sobre las temperaturas de los alimentos.

Aceite, vino y amigo, antiguos. Hay cosas que mejoran con el tiempo: el aceite reposado, el vino envejecido y la amistad probada. El refrán equipara la maduración de los productos con la de los afectos humanos.

Por dinero baila el perro, y por pan, si se lo dan. Cada cual responde al estímulo que le interesa. Aunque el protagonista sea el dinero, el refrán incorpora el pan como recordatorio de que la necesidad básica también moviliza voluntades.

El vino, entre el alimento y el remedio

Durante siglos, el vino no se consideró solo una bebida placentera, sino un alimento más, incluso un medicamento. En tiempos en que el agua de los pozos y de los ríos podía no ser potable, el vino aguado fue durante mucho tiempo la bebida habitual en las mesas españolas, incluso para los niños y los enfermos. Esa cotidianidad explica por qué tantos refranes lo emparejan con el pan, lo asocian a la salud o lo presentan como compañero indispensable del trabajo y del camino. La cultura popular española nunca lo trató como un lujo, sino como parte natural del orden cotidiano de las cosas.

La cocina, los ingredientes y los oficios

Más allá del pan y del vino, el refranero español dedica una parte sustancial de sus frases a los demás elementos de la despensa y de la cocina: el aceite, la sal, las legumbres, el pescado, las hortalizas. También a los oficios relacionados con la alimentación, desde el cocinero al herrero que forja sus cuchillos. Muchos de estos refranes son pequeñas observaciones prácticas sobre los productos o el trabajo de la cocina; otros, sin embargo, utilizan la cocina como metáfora para hablar de algo distinto, como la ironía de quien se dedica a un oficio pero no disfruta de sus frutos.

Al freír será el reír. El momento de la verdad llega cuando se comprueban los resultados, no cuando se hacen los planes. La sartén, en la que todo se transforma con el calor, sirve aquí de imagen del momento decisivo en que se ven los frutos de un esfuerzo.

Con el gazpacho nunca hay empacho. El gazpacho, por ligero y fresco, no causa pesadez. Refrán de raíz andaluza que ensalza una preparación humilde y veraniega de la cocina popular.

Como cebas, así pescas. El resultado depende de los medios empleados. Refrán de origen marinero o pescador, en el que el cebo determina la calidad de la captura, aplicable por extensión a cualquier inversión inicial.

En casa del herrero, cuchillo de palo. En la casa del especialista falta precisamente lo que él mismo fabrica o domina. Aunque el herrero no es un oficio gastronómico, el cuchillo lo vincula directamente con la cocina, y el refrán se usa con frecuencia en ese contexto.

Olivo y aceituno, los dos son uno. El olivo y el aceituno son el mismo árbol; lo que parece distinto puede no serlo. Se aplica a personas o cosas que aparentan diferencia pero comparten esencia.

La mejor cocinera, la aceitera. El buen aceite mejora cualquier guiso, hasta el punto de hacer parecer buena a una cocinera mediocre. Es un elogio popular al aceite de oliva, ingrediente central de la cocina española.

Aceite y aceituna, a veces mucha y a veces ninguna. Las cosechas son irregulares: hay años de abundancia y años de escasez. El refrán recoge la naturaleza vecera del olivo, que alterna campañas de mucha y poca producción.

Sin sal no hay buen pan. Sin lo esencial, ningún resultado es bueno. La sal aparece aquí como ingrediente imprescindible del pan, y por extensión, como metáfora de cualquier elemento sin el cual algo pierde su sentido o su sabor.

El ojo del amo engorda al caballo. La presencia y la atención del dueño hacen prosperar el negocio o la hacienda. Aunque el protagonista es el caballo, el refrán se aplica también a las cosas de la cocina y la despensa: lo que se vigila, se cuida; lo que se descuida, se pierde.

Por el fruto se conoce al árbol. Las personas se conocen por sus obras, igual que un árbol se identifica por la fruta que da. De origen bíblico, pasó al refranero popular y se utiliza tanto en sentido moral como literal.

El que con fuego juega, al fin se quema. Quien se expone reiteradamente a un peligro acaba sufriéndolo. El fuego de la cocina, presencia diaria en la casa, da pie a este refrán de advertencia universal.

El ratón y el gato no comen en el mismo plato. Los enemigos naturales no comparten mesa. Refleja la imposibilidad de convivencia armónica entre quienes tienen intereses opuestos.

Un grano no hace granero, pero ayuda al compañero. Las pequeñas aportaciones, por sí solas, no resuelven nada, pero sumadas a las de los demás construyen algo grande. Refrán de raíz cerealista, anclado en la economía agraria.

El aceite, oro líquido de la cocina española

Que el refranero dedique tantas frases al aceite y a la aceituna no es casualidad. Durante siglos, el aceite de oliva ha sido el principal grasa de cocina en buena parte de la península, y su producción, ligada al ciclo del olivo, marcaba la vida económica de regiones enteras. La naturaleza vecera del olivo, que alterna años de abundante cosecha con años flojos, está fielmente recogida en "aceite y aceituna, a veces mucha y a veces ninguna", una observación campesina destilada en ocho palabras. Y el reconocimiento popular de su valor culinario, capaz de salvar un guiso modesto, queda perfectamente sintetizado en "la mejor cocinera, la aceitera", uno de los homenajes más certeros que el habla cotidiana ha hecho al producto.

El santoral y el calendario agrícola

Una de las parcelas más singulares del refranero gastronómico es la que vincula los nombres del santoral con las labores del campo, las cosechas y los productos de temporada. Durante siglos, el calendario litúrgico fue también el calendario de trabajo para campesinos, ganaderos y pescadores: las fiestas de los santos marcaban cuándo sembrar, cuándo recolectar, cuándo matar el cerdo o cuándo empezaba la temporada del besugo. Estas frases breves, rimadas y fáciles de recordar funcionaban como agenda popular, transmitida oralmente de padres a hijos. Hoy, en una sociedad mayoritariamente urbana, muchos de estos refranes han perdido su utilidad práctica, pero conservan intacto su valor como testimonio de un modo de vida estrechamente ligado a los ciclos naturales.

Cada cosa a su tiempo, y los nabos en adviento. Todo tiene su momento adecuado, y los nabos están en su mejor punto en las semanas previas a la Navidad. El refrán combina el principio general de la oportunidad con un dato concreto del calendario hortícola.

Por San Antón, besugo a montón. El 17 de enero, día de San Antón, se considera la mejor época del besugo, pescado tradicional del invierno y especialmente de las mesas navideñas. La pesca y el consumo del besugo se concentraban históricamente en esos meses fríos.

Por San Lucas, mata tus puercas, tapa tus cubas y harta de uvas. El 18 de octubre, festividad de San Lucas, marcaba en muchas zonas el momento de varias faenas otoñales: la matanza del cerdo, el cierre de las cubas tras la fermentación del vino nuevo y el final de la temporada de la uva.

Por San Andrés, mata la res, por flaca que es. El 30 de noviembre, día de San Andrés, era la fecha en que se sacrificaba el ganado antes de la llegada del invierno duro, aunque el animal no estuviera en su mejor estado, para evitar mantenerlo durante los meses de escasez.

Por San Martín, mata tu gocho y destapa tu vino. El 11 de noviembre, San Martín, es la fecha clásica de la matanza del cerdo (llamado "gocho" en muchas zonas del norte) y del primer trasiego del vino nuevo. De ahí la expresión "a cada cerdo le llega su San Martín".

Por Santa Catalina, mata tu cochina. El 25 de noviembre, festividad de Santa Catalina, era otra fecha tradicional de la matanza en algunas regiones, especialmente para las hembras destinadas a las matanzas familiares.

Por San Blas, la cigüeña verás. El 3 de febrero, San Blas, es la fecha popular en la que regresan las cigüeñas a sus nidos, anunciando el final del invierno. Aunque no es estrictamente gastronómico, marcaba el inicio de las labores agrícolas de primavera y, con ellas, las nuevas cosechas.

En abril, aguas mil. Abril es mes de lluvias abundantes, imprescindibles para la maduración de las cosechas que se recogerán en verano. Refrán universalmente conocido, fundamento del calendario agrícola peninsular.

La matanza, gran cita del calendario rural

Pocos acontecimientos marcaban con tanta fuerza el calendario rural español como la matanza del cerdo. Concentrada entre los días de San Martín, San Andrés y Santa Catalina, según las costumbres locales, era una operación familiar y comunitaria que abastecía la despensa para todo el invierno: chorizos, morcillas, lomos, tocinos, jamones. La elección de las fechas no era casual: con el frío llegado, la carne se conservaba mejor durante el trabajo de despiece y curado. De aquí proviene la conocida expresión "a cada cerdo le llega su San Martín", recordatorio popular de que tarde o temprano todos rendimos cuentas de nuestros actos. El refranero del santoral conserva, en sus rimas sencillas, la memoria precisa de cuándo se hacía cada cosa en una economía rural que ya casi ha desaparecido.

La mesa, los modales y la compañía

La mesa no es solo el lugar donde se come, sino también un escenario social donde se revela el carácter de las personas, se mide la hospitalidad de una casa y se construyen o deshacen vínculos. El refranero español ha observado con atención lo que ocurre en torno a una mesa: cómo se comportan los comensales, cuándo conviene callar y cuándo hablar, qué se debe ofrecer al invitado y cómo cambia la compañía una vez que el plato se ha vaciado. Muchos de estos refranes son lecciones de etiqueta antigua; otros, simples observaciones desencantadas sobre la naturaleza humana cuando deja la servilleta.

Comida hecha, compañía deshecha. Una vez terminada la comida, los comensales se dispersan; algunos invitados solo permanecen mientras hay algo que comer. Refrán de mirada algo desengañada sobre la naturaleza interesada de ciertas amistades.

En la mesa y en el juego se conoce al caballero. El carácter de una persona se revela en dos terrenos donde se baja la guardia: cuando come y cuando juega. Por eso la mesa era, en otros tiempos, un examen tácito de modales, generosidad y temperamento.

Donde comen dos, comen tres. Siempre hay sitio para un invitado más. El refrán celebra la hospitalidad española tradicional, que consideraba un deber ético compartir la comida con quien llegara a la puerta.

Quien parte y reparte, se lleva la mejor parte. El que se encarga de dividir algo entre varios suele reservarse el mejor trozo. Aunque se aplica a cualquier reparto, su origen está en la mesa, donde el que cortaba el asado o partía el pan ejercía un poder discreto.

Quien se pica, ajos come. Quien se da por aludido o se ofende por una indirecta, está confesando que la acusación le toca. El ajo, picante al masticarlo, da pie al juego de palabras entre "picarse" (escocer) y "picarse" (sentirse aludido).

En todas partes cuecen habas. En todas las casas y en todos los lugares hay problemas o defectos parecidos. La olla con habas cociendo, presencia universal en las cocinas modestas, sirve de imagen para esta verdad consoladora.

Por la boca muere el pez. El que habla demasiado o no sabe callar acaba sufriendo las consecuencias, igual que el pez muere al morder el anzuelo. Aunque se cita en muchos contextos, su raíz pesquera lo emparenta con el refranero gastronómico.

La mujer y la sardina, pequeñinas. Refrán antiguo que asociaba la preferencia por las sardinas pequeñas, consideradas más sabrosas, con una valoración análoga de la mujer. Hoy resulta abiertamente sexista y se cita más como pieza de archivo que como consejo vigente.

La mesa como espacio de hospitalidad

En la España rural tradicional, ofrecer comida al recién llegado no era un gesto opcional, sino una obligación social profundamente arraigada. El visitante que cruzaba la puerta a la hora del almuerzo no necesitaba pedir nada: se le hacía sitio en la mesa, se le servía sin preguntar, y rechazar la invitación podía ser considerado descortés. De esa cultura proviene "donde comen dos, comen tres", uno de los refranes que mejor recoge el valor casi sagrado de la hospitalidad mediterránea. La mesa funcionaba como un espacio de tregua: ante un plato compartido, se difuminaban las diferencias de clase, edad o procedencia, al menos durante el rato que durara la comida. Esa idea de la mesa como territorio de encuentro sigue presente, aunque atenuada, en muchas costumbres españolas actuales, desde la sobremesa larga hasta la insistencia en compartir las raciones cuando se sale a comer fuera.

Sabiduría popular con sabor gastronómico

Para cerrar este recorrido, queda un grupo de refranes que utilizan imágenes de comida, bebida o cocina para hablar de algo más amplio. No tratan en realidad sobre lo que se come o se bebe, sino que se sirven del lenguaje gastronómico para enunciar verdades generales sobre la vida, la prudencia, el paso del tiempo o la naturaleza humana. Esa transposición revela hasta qué punto la comida ha sido, en la cultura española, una fuente inagotable de metáforas: las cosas más abstractas se entienden mejor cuando se nombran con palabras del puchero, de la huerta o de la bodega.

Tanto va el cántaro a la fuente que al fin se rompe. Si se insiste demasiado en algo arriesgado, antes o después se acaba pagando. El cántaro de agua, objeto cotidiano en cualquier casa antigua, sirve aquí como imagen de la repetición que acaba en accidente.

A boca de jarro. A quemarropa, de forma directa y sin avisar. Aunque hoy se usa sobre todo como locución adverbial, su raíz está en el gesto de beber pegando los labios al jarro, sin intermediarios ni vaso, con cercanía e intensidad.

Más vale pájaro en mano que ciento volando. Es preferible una pequeña ventaja segura a una grande pero incierta. Aunque su sentido es general, su origen está en la caza menor, cuando atrapar un pájaro significaba alimento garantizado para la mesa.

A pan duro, diente agudo. Las dificultades exigen más esfuerzo y habilidad. El pan endurecido, recurso habitual cuando no se podía hornear a diario, requería literalmente dientes más fuertes, y la imagen se traslada a cualquier obstáculo que reclame mayor empeño.

A pan de quince días, hambre de tres semanas. Solo cuando la necesidad es muy grande se acepta lo que en condiciones normales se rechazaría. Variante centrada en la dureza del pan viejo, símbolo de los tiempos de carestía extrema.

De la cocina al pensamiento

Que tantos refranes utilicen imágenes culinarias para hablar de cuestiones ajenas a la cocina no es un capricho del idioma, sino el reflejo de una realidad histórica. En la España preindustrial, el universo de referencias inmediatas de cualquier persona estaba poblado de cántaros, hogazas, ollas, jarros y pucheros. Esos objetos, presentes en todas las casas, eran el vocabulario natural para nombrar lo que ocurría en la vida. Cuando un campesino quería explicar que la insistencia en un peligro tiene consecuencias, recurría al cántaro que tantas veces había visto romperse al final de un trayecto; cuando un cazador hablaba de prudencia, lo hacía con el pájaro que tenía en la mano. La cocina, en este sentido, no solo alimentaba el cuerpo: alimentaba también el lenguaje, y a través de él, la forma en que toda una cultura pensaba sobre sí misma.

Noticias Comer y Beber, nuestro boletín mensual, hace llegar las últimas tendencias, novedades y lo mejor de la gastronomía que vemos en Comer y Beber directamente a la bandeja de entrada de nuestros suscriptores.

recibir Noticias Comer y Beber