Convertir una cena en novela ya es difícil. Convertir una simple cebolla en poema parece imposible
Y, sin embargo, la poesía lleva siglos haciéndolo.
Según la novela gastronómica contemporánea, un guiso puede ser el centro de una historia. La poesía va todavía más lejos. Donde la novela necesita una trama, el poema se basta con un ingrediente: un pan, un vino, un tomate partido en la tabla. Cantar a la comida obliga a mirar de otra manera lo que tenemos delante cada día y casi nunca miramos, y en esa mirada renovada está, precisamente, la gracia del asunto.
El Siglo de Oro: comer en verso y con humor
La poesía española descubrió pronto que la comida daba mucho juego, sobre todo para reír. El ejemplo más delicioso es la Cena jocosa de Baltasar del Alcázar, un poeta sevillano del siglo XVI. En ella, el narrador intenta contar una historia de amor, pero a cada paso lo interrumpe el recuerdo de la cena: el jamón, las aceitunas, el queso, y sobre todo un vino que le importa muchísimo más que la propia dama. El chiste —el glotón que no consigue concentrarse en otra cosa que en lo bien que ha comido— sigue funcionando hoy igual de bien. Quevedo, por su parte, dedicó buena parte de su poesía satírica a las narices, las calvas y también a las hambres y los banquetes, con esa mala uva genial que ya conocimos en su prosa.
Neruda y las odas a las cosas pequeñas
Pero si hay un poeta que convirtió la comida en alta poesía, ese fue el chileno Pablo Neruda. En 1954 publicó sus Odas elementales, un libro que cambió las reglas: en lugar de cantar a los grandes temas de siempre —el amor, la muerte, la patria—, Neruda decidió dedicar odas solemnes a las cosas más humildes y cotidianas. A un par de calcetines. A una cuchara. Y, una y otra vez, a la comida.
¿Qué es una «oda elemental»? Una oda es, desde la Antigüedad, un poema de alabanza, reservado tradicionalmente a temas elevados. Neruda le dio la vuelta: sus odas «elementales» celebran con el mismo tono noble los objetos más sencillos de la vida diaria, escritas en versos muy cortos y estrechos, en un lenguaje claro que cualquiera puede entender. La idea de fondo es luminosa: que no hay nada tan pequeño ni tan común que no merezca un poema.
Su despensa poética es asombrosa. Hay una Oda al tomate que lo retrata reinando sobre la mesa del verano, partido y rojo, mezclándose con la cebolla y el aceite. Hay una Oda a la cebolla que la celebra como un globo luminoso, una estrella redonda nacida de la tierra. Hay una Oda a la alcachofa que la imagina como un pequeño guerrero armado de escamas. Y hay una Oda al pan y una Oda al vino que elevan a categoría sagrada los dos alimentos que esta casa nunca se cansa de celebrar.
Una oda que es casi una receta
El caso más sorprendente es la Oda al caldillo de congrio, dedicada a una sopa de pescado típica de la costa chilena. Lo extraordinario es que el poema funciona, además, como una verdadera receta: Neruda va nombrando, en verso, los ingredientes que hay que echar a la olla —el congrio, el ajo, el tomate, la cebolla, las patatas, la crema, las gambas— en el orden en que deben cocinarse. Es a la vez literatura y manual de cocina, la prueba más perfecta de que el recetario y el poema, que en esta sección hemos tratado como cosas distintas, pueden por una vez ser exactamente lo mismo. Pocos poetas han cerrado tan bien el círculo que abrió esta serie.
La cebolla, dos veces: del homenaje al hambre
Conviene mirar la cebolla por partida doble, porque dio dos de los poemas más célebres en español y son las dos caras de una misma moneda. Frente a la cebolla festiva y luminosa de Neruda está la cebolla amarga de Miguel Hernández. Preso tras la Guerra Civil, el poeta recibió una carta de su mujer contándole que solo tenían pan y cebolla para comer, y que el niño se alimentaba de eso. De ahí nacieron sus Nanas de la cebolla, una canción de cuna desgarradora en la que un padre, desde la cárcel, arrulla a un hijo que se cría a base de hambre. Es uno de los poemas más conmovedores que se han escrito nunca, y enlaza directamente con esa otra historia que ya contamos, la del hambre en la literatura. La misma humilde cebolla sirve para cantar la abundancia o para retratar la miseria; todo depende de quién la tenga, y de cuánta.
De la cena burlona del Siglo de Oro a las odas de Neruda, la poesía ha demostrado que no hace falta un gran tema para escribir un gran poema: basta un tomate, un pan, una cebolla mirados con atención y cariño. Quizá sea esta la lección más bonita de toda nuestra serie, y por eso cerramos con ella esta rama. Solo nos queda recoger lo mejor que escritores de todos los tiempos han dicho sobre la mesa: las frases y citas literarias sobre la comida, la última parada de este recorrido.