En el siglo XX, la comida da un paso al frente y se convierte en lo que de verdad mueve la historia
Hasta aquí la comida había sido escenario, símbolo o telón de fondo. La gran novela del XIX usaba la mesa para retratar a sus personajes. Faltaba un último paso: que la cocina dejara de acompañar la trama para convertirse en su corazón. Eso es la novela gastronómica, un género que tuvo un precursor temprano —la deliciosa Vida y pasión de Dodin-Bouffant, gourmet, que el francés Marcel Rouff publicó en 1924— pero que florece de verdad en las últimas décadas del siglo, cuando varios autores deciden poner un plato, una cena o una receta en el mismísimo centro del relato.
El festín de Babette: una cena que lo cambia todo
El caso más puro lo escribió la danesa Karen Blixen, que firmaba como Isak Dinesen, en El festín de Babette (1958). Babette es una cocinera francesa que huye de la represión de la Comuna de París y acaba sirviendo, sin cobrar, en una aldea perdida de la costa noruega, entre dos ancianas piadosas y una comunidad austera que considera el placer de la mesa poco menos que un pecado. Cuando a Babette le tocan diez mil francos en la lotería, en lugar de regresar a Francia decide gastarlos hasta el último céntimo en cocinar, una sola vez, una auténtica cena francesa para aquellas gentes que jamás han probado nada parecido. Sopa de tortuga, blinis con caviar, codornices en hojaldre, champán de una gran añada: los comensales habían jurado no disfrutar, no mencionar siquiera la comida, y sin embargo el festín los va ablandando plato a plato hasta reconciliarlos, perdonarse viejas rencillas y rozar algo parecido a la gracia. La novela cuenta, en el fondo, una idea hermosa: que cocinar puede ser el acto más generoso y más artístico del mundo, el del que lo da todo sin esperar nada.
Pepe Carvalho, el detective que cocina
En España, la comida entró en la novela negra de la mano de Manuel Vázquez Montalbán, cuyos ensayos ya conocimos en la página dedicada al ensayo gastronómico. Su detective, Pepe Carvalho, es un investigador privado de Barcelona, escéptico y descreído, que resuelve crímenes recorriendo una ciudad corrupta y que, al terminar la jornada, se refugia en lo único que le devuelve algo de sentido: cocinar. Carvalho prepara guisos elaboradísimos, abre buenas botellas, discute de fogones con su ayudante Biscuter, y entre receta y receta va destilando una mirada amarga sobre la España de su tiempo. En esas novelas, la mesa es el último reducto de civilización en un mundo que se cae a pedazos; comer bien, casi un acto de resistencia.
De Barcelona a Sicilia: un homenaje con nombre y apellido. El gran escritor italiano Andrea Camilleri admiraba tanto a Vázquez Montalbán que bautizó a su célebre detective siciliano, el comisario Salvo Montalbano, en su honor. Y le salió un personaje a juego: Montalbano come en silencio reverencial los platos sicilianos que le deja preparados su asistenta —pasta al horno, arancini, salmonetes fritos—, y para él, igual que para Carvalho, sentarse a la mesa es un rito sagrado en medio del caos. Dos detectives, dos países, una misma certeza: que no se puede pensar bien con el estómago descontento.
Como agua para chocolate: cuando los sentimientos se cocinan
Desde México llegó una de las novelas gastronómicas más leídas de todos los tiempos, Como agua para chocolate (1989), de Laura Esquivel. Su protagonista, Tita, es la hija menor de una familia y, por una vieja tradición, tiene prohibido casarse para cuidar de su madre, de modo que vuelca en la cocina todo lo que la vida le niega. Y aquí entra la magia: los sentimientos de Tita pasan literalmente a sus platos. Unas codornices en pétalos de rosa encienden de deseo a quien las prueba; una tarta de boda amasada con sus lágrimas contagia a todos los invitados una tristeza y una añoranza incontenibles. El libro, organizado por entregas mensuales que se abren con una receta, llevó al realismo mágico a la cocina y demostró que un guiso puede ser el lenguaje más sincero de las emociones.
Chocolat: el placer frente a la norma
La británica Joanne Harris dio una vuelta más a la misma idea en Chocolat (1999). Vianne, una mujer libre y algo bruja, abre una chocolatería en un pueblecito francés justo al empezar la Cuaresma, el tiempo de la abstinencia y el ayuno. El chocolate que prepara —cada cual con el suyo, hecho a la medida de su carácter— va despertando los deseos dormidos del pueblo y la chocolatería se convierte en un campo de batalla entre el placer y la culpa, entre la libertad y la rigidez del párroco, que ve en cada bombón una tentación del demonio. Como en El festín de Babette, la comida se enfrenta a la represión y, plato a plato, la va derritiendo.
En todas estas novelas la comida ya no ilustra la historia: es la historia. Cocinar se vuelve un acto de amor, de memoria, de rebeldía o de pura generosidad. Y si la novela puede convertir una cena en el centro de una trama, la poesía es capaz de algo aún más asombroso: convertir una simple cebolla o un tomate en un poema. A esa proeza dedicamos la siguiente parada de esta serie, de la mano de Pablo Neruda.