Un plato campesino extremeño que nace del exceso. A finales de verano la huerta da más tomates de los que se pueden comer y la higuera descarga de golpe su segunda cosecha, así que ambas cosas se juntan con pan duro y poco más. No es una sopa con guarnición de fruta: los higos van aparte y se come alternando, una cucharada de sopa y un bocado de higo. El contraste entre la acidez del tomate y el dulzor del higo maduro es todo el plato.
Ingredientes
Instrucciones
Calentamos el aceite en una cazuela amplia a fuego suave. Echamos el pimiento rojo primero, que suele ser más duro, y al minuto el verde y la cebolla. Pochamos despacio hasta que todo esté bien blando, unos 15 minutos. Añadimos el ajo y le damos unas vueltas sin que llegue a dorarse.
Apartamos la cazuela del fuego y añadimos el pimentón, removiendo enseguida. Fuera del fuego no se quema.
Incorporamos el tomate y una pizca de sal. Volvemos al fuego suave y cocinamos hasta que se deshaga y pierda el agua, unos 20 minutos, removiendo de vez en cuando.
Añadimos el agua, la hoja de laurel y la rama de orégano, si se usa. Rectificamos de sal y dejamos cocer a fuego lento unos 20 minutos.
Ponemos las rebanadas de pan en la sopera o directamente en platos soperos.
Retiramos el laurel y el orégano. Volcamos la sopa caliente sobre el pan y la dejamos reposar unos cinco minutos, para que el pan se empape y crezca sin deshacerse.
Servimos caliente, con los higos pelados y enteros en una fuente aparte, para cogerlos con la mano.
Notas
El tomate manda. Cuanto más maduro, mejor, y los que estén algo tocados, retirando la parte estropeada, son precisamente los que dan la sopa más sabrosa. Era su destino tradicional.
El pan tiene que ser candeal y del día anterior. El pan tierno se deshace en migas y la sopa se convierte en papilla.
No cortamos el pan demasiado pequeño, porque crece al empaparse.
El pimentón se añade siempre fuera del fuego. Quemado amarga y no hay forma de arreglarlo.
El laurel se retira antes de servir, y si alguna vez trituramos la sopa, antes de pasar la batidora.
Los higos se sirven aparte y a temperatura ambiente. Fríos de nevera pierden el aroma; calientes, se aguan.
Variaciones
En crema: trituramos la sopa antes de añadir el pan, la calentamos sin dejar que hierva y la emulsionamos batiendo un chorro de aceite de oliva virgen extra. Se sirve sobre una rebanada de pan tostado, con los higos abiertos encima. Admite además una tira de cáscara de naranja cocida con el tomate, que se retira antes de triturar.
Con huevo: se añade un huevo batido a la sopa muy caliente justo antes de servir, para que cuaje. También se sirve con huevo cocido picado por encima.
Con brevas o uvas: en junio, con brevas; en septiembre, con uva temprana. Ambas acompañan igual de bien.
Con panceta frita: unas tiras doradas por encima, en las versiones menos frugales.
Con majado: en lugar de picar el ajo, se maja en el mortero con perejil y se añade con el pimentón.
Origen
Cocina extremeña
Extremadura tiene todo un repertorio de sopas de pan —de ajo, de tomate, de poleo, de espárragos trigueros, de habas— y es tradicional comerlas acompañadas de higos, o incluso de uvas, al mismo tiempo. La sopa de tomate es probablemente la más conocida de todas.
Es receta típica de la provincia de Cáceres, y en Trujillo se prepara especialmente en verano, para dar salida al exceso de tomates e higos que producen las huertas en esa época. El fundamento es el aprovechamiento puro: fruta que no aguanta dos días, tomate que se pasa y pan del día anterior.
La pareja de tomate e higo no es un contraste buscado, sino una coincidencia de calendario. Ambos llegan a la vez a finales de agosto y en septiembre, y en Extremadura, primera productora de higos de España, esa coincidencia acabó convertida en plato. Hay quien la sitúa incluso a mediados o finales de octubre, coincidiendo con los últimos tomates y los primeros higos de otoño.
La forma de comerla forma parte de la receta tanto como los ingredientes. Los higos se pelan y se van comiendo alternando: cucharada de sopa, bocado de higo.